Una muestra de las columnas publicadas por Jesús Carlos Gómez Martínez en diferentes medios de comunicación:

Locos

Locos

Nos estamos volviendo todos majaras. Hoy ya no es noticia que un hombre pegue a su mujer porque le pisa su sombra, ni que un funcionario se corte la mano izquierda con un serrucho porque era desobediente, ni que un ladrón atraque un banco en Barcelona y se conforme con un botín de mil pesetas, ni que un pensionista rumano venda todas sus pertenencias para comprar viagra. Cualquier día encontramos titulares como éstos perdidos en la prensa, y ya ni les prestamos atención ni nos sorprenden.

Antes no pasaba así. Antes los pocos sucesos que acaecían de este tipo llenaban páginas enteras de los rotativos; allá donde sucedían aterrizaban mil reporteros ansiosos por descubrir y contar los detalles más baladíes; todos permanecíamos expectantes por conocer más datos, las últimas averiguaciones, nuevos comentarios. Eran sucesos insólitos, extraños, asombrosos. Entonces los pocos majaras que había estaban recluidos. Los sanatorios mentales cumplían su función. A nadie peligroso y con la cabeza averiada le faltaba su camisa de fuerza. Había, en fin, un regimiento de loqueros en paro.

Hoy sigue habiendo loqueros en el Inem, pero la situación ha cambiado sustancialmente. Ya sea porque un loco vuelve majaras a un ciento, o por el estrés, o por los políticos que nos han tocado, o por la competitividad, o por la crisis de valores, o porque la gente abusa de la penicilina o porque el caudillo dejó hace tiempo de inaugurar embalses, hoy no habría sitio para tanto majara por muchos manicomios que se construyesen. Hoy el que no está medio loco está como una caja de chinchetas; quien más, quien menos está menos majara que mañana y mucho más majara que ayer, y si por casualidad alguien no está destornillado, se lo hace. Hoy hasta los niños, esos locos bajitos, andan mal de la cabeza.

Por eso a nadie le sorprende que un concierto de rock provoque un temblor sísmico en Holanda, ni que en un hospital den por embarazado a un extremeño, ni que un ladrón atraque un estanco y escape en una limusina con chófer, ni que unos policías detengan durante seis horas a un cadáver, ni que un universitario muestre sus genitales para imitar a los monos. No; hoy a nadie le sorprende nada de esto: Nos estamos volviendo todos majaras.

El camino de Carmen Romero

El camino de Carmen Romero

Carmen Romero confirmó el otro día en una rueda de prensa la vieja sentencia de Shakespeare: "El camino del amor nunca fue apacible". Tras explicar algunas medidas que propone su partido para seguir luchando contra el tabaco, la esposa de Felipe González lanzó un grito de socorro: "Como ustedes saben —dijo—, soy una fumadora pasiva. Y ya que no lo he conseguido en el tú a tú, quiero aprovechar esta ocasión para convencer a mi marido del riesgo que representa para nuestra salud esa afición desmedida".

La ex primera dama apunta con su queja algo que los novelistas sabemos mejor que nadie: Una historia de amor no consiste en el "chico quiere a chica", sino en el "chico quiere a chica pero...". Lejos de funcionar sólo por la química que se establece entre los amantes, las historias de amor dependen del "pero", de los obstáculos que se interponen entre la pareja. El impedimento puede ser obvio; así en la película El fantasma y la señora Muir, de Mankiewicz, el amante es un fantasma. El obstáculo también puede ser social; en Romeo y Julieta, por ejemplo, los amantes pertenecen a dos familias enfrentadas. O como sucede en Cyrano de Bergerac, la barrera puede ser el tamaño monstruoso de una nariz.

En este caso, el obstáculo que se interpone en el camino de los amantes, el impedimento que transforma esta historia de amor en la historia de una frustración es... un puro. Un puro enorme, caribeño, apestoso, que cuelga indefectiblemente de los labios del ex presidente del Gobierno. O mejor, muchos puros, los puros que Felipe González se fuma. Y su esposa, la sufridora Carmen Romero, ya no puede aguantar más: Está harta de abrir las ventanas; está harta de pintar las habitaciones; está harta de lavarse cada mañana la cabeza; está harta de intentar disuadir a su marido: "Oye, Felipe, que el tabaco mata"; está harta de besarle y de sentir algo parecido a lamer un cenicero. Así que el otro día le lanzó el ultimátum. O nos lanzó a todos un grito de socorro, que es casi lo mismo.

Para Carmen Romero, el camino del amor tampoco es apacible; le sobran como mínimo los humos y los malos olores. Mientras Felipe disfruta a pleno pulmón de esos puros asquerosos, ella padece y se lamenta. Federico García Lorca estaba en lo cierto cuando dijo que la vida es una tragedia para aquéllos que sienten y una comedia para los que piensan. Para Felipe González, la vida con su mujer es una comedia; Carmen Romero, por el contrario, vive una pesadilla. Si algo está poniendo en evidencia esta nueva ofensiva contra el tabaco es que la esperanza de vida de los fumadores se reduce en unos veinte años, y quizá por eso a mí me huele que esta historia no puede terminar bien.

Buenas ideas

Buenas ideas

Cada vez que cierto amigo mío repasa su vida, el fantasma de Steve McQueen se le aparece y le susurra aquellas frases que dijo el actor en Los siete magníficos: "Conocí en El Paso a un individuo que un día se desnudó y saltó sobre unas matas de cactus. Le pregunté por qué. Me respondió que entonces le había parecido una buena idea".

Mi amigo estudió Farmacia; empleó sus mejores años, se dejó las cejas por un pedazo de papel, un título que nunca le ha servido para nada. ¿Cómo un escritor de su talento pudo hacer semejante barbaridad?, se pregunta mi amigo con cierta frecuencia. Muy fácil —se contesta él mismo—: Entonces le pareció una buena idea.

Después de terminar la carrera, mi amigo invirtió la media vida que le quedaba intentando superar unas oposiciones. Logró un puesto en la Administración y quedó condenado, como mínimo, a ser pobre durante el resto de su existencia. ¿Cómo pudo cometer semejante estupidez?, se pregunta mi amigo. Muy fácil: Entonces le pareció una buena idea.

Años más tarde, mi amigo se enamoró de una mujer embrujadora y se casó dichoso con ella. A esa mujer embrujadora le salió muy pronto un bigote negro como la sotana de un jesuita, y al poco tiempo sólo le faltaba la escoba para convertirse en una bruja tan repulsiva como su mamá, la suegra de mi amigo. ¿Cómo pudo consumar semejante locura?, se pregunta mi amigo. Muy fácil: Entonces le pareció una buena idea.

Estas son las primeras reflexiones que suele hacerse mi amigo cuando recuerda su pasado, y a su juicio, la frase "Entonces me pareció una buena idea" resume felizmente la triste historia de sus andanzas por este mundo.

Para mi amigo, la vida es una autopista oscura, con muchos ramales y señalización a toda luces defectuosa. Hoy, antes de escoger un carril y tomar una decisión, mi amigo se lo piensa y duda; duda, duda, duda; duda hasta de sus dudas, convive con sus dudas durante una larguísima temporada, comparte el almohadón con ellas, y entretanto, reza con fervor un sinfín de oraciones, echa limosnitas a San Judas Tadeo, se gasta algunos billetes en consultar a una pitonisa.

Cuando al final escoge una derivación y se decide, mi amigo ve al fantasma de Steve McQueen que le susurra..., ya saben: "Conocí en El Paso a un individuo que un día se desnudó y saltó sobre unas matas de cactus. Le pregunté por qué. Me respondió que entonces le había parecido una buena idea".

Viagra

Viagra

El otro día contaba la prensa que Roberta Bernstein, una profesora de informática de 72 años, intentó asesinar en dos ocasiones a su esposo, Malcolm Schvey, después de que éste ingiriera viagra. La primera tentativa se produjo al anochecer, cuando Roberta Bernstein intentó quitar a su marido de enmedio poniéndole una almohada en el rostro y sentándose encima. Malcolm Schvey logró zafarse del ataque, pero con las primeras luces del día y armado hasta el peluquín, cometió la imprudencia de intentar un nuevo acercamiento, y su mujer trató de estrangularle.

Estas tentativas de homicidio arrojan una luz tenue sobre algunos de nuestros planteamientos. Hoy día concedemos más importancia, por ejemplo a la jovial apariencia que provoca una pastillita azul, que a la triste realidad de un cuerpo ruinoso. Por otro lado, Malcolm Schvey se obsesionó con sus libidinosos propósitos y olvidó las necesidades de su anciana esposa: a saber, tranquilidad y sosiego, en partes iguales. Él y la mayoría de nosotros queremos alcanzar nuestras metas: un pelotazo, un ascenso, un casquete, aunque sea a costa de hacer trampas con viagra, de poner la zancadilla al vecino, de dejar fuera de combate a nuestra propia esposa.

Baltasar Gracián lo comentó casi cuatro siglos antes en uno de sus aforismos: "El que vence no necesita dar explicaciones, y todo lo dora un buen final, aunque lo contradigan los medios desacertados". Seguro que los consejos de este jesuita zaragozano le hubieran servido a la irascible anciana para salir airosa de una situación tan comprometida. Gracián le hubiera dicho que el mundo es un enemigo al que nos debemos enfrentar, le hubiera susurrado evasivas, le hubiera convencido de que todo tiene su utilidad, que de todo se puede extraer un beneficio, hasta de la pasión desbordada de su marido. Ahora celebramos el IV centenario del nacimiento de este clásico, y aunque su Oráculo manual se ha convertido en un best seller para los ejecutivos americanos, sus enseñanzas no han calado en Malcolm Schvey ni en su esposa Roberta.

Por eso la historia que les narraba terminó con el insatisfecho donjuán, lanza en ristre, en una comisaría de Nueva York, denunciando a su mujer por intento de asesinato. Hoy los dos se hallan inmersos en pleitos, y a la fatigada esposa, que respondió violentamente a los perentorios requerimientos de su cónyuge, la podrían condenar a veinticinco años de cárcel. Y todo por no leer a Gracián.

Potómano

Potómano

El agua está de moda. Desde hace muchos años salta de los balnearios a nuestros vasos, y actualmente, botellas de agua con etiquetas que dibujan manantiales, bosques y montañas, inundan nuestras cestas de la compra. La industria del agua es un negocio próspero, y hoy el agua se ha convertido en un elixir indispensable para nosotros.

Ahora que existen tantos adictos: adictos al trabajo, adictos a Internet, adictos a la comida, adictos al sexo, ludópatas, alcohólicos, drogadictos..., aparecen los primeros adictos al agua. Yo soy uno de ellos, y quiero reconocerlo aquí y ahora, desde esta humilde tribuna. Sí, yo soy un adicto al agua, lo que se denomina en términos médicos un potómano. Tengo que beber agua a todas horas porque mi cuerpo me lo pide, me lo exige imperiosamente. No bebo ni coca-cola, ni vino, ni champán, ni ginebra, ni calimocho; bebo agua, sólo agua. Agua, agua y más agua. Yo quiero agua a todas horas.

Me da lo mismo que el agua sea de grifo, de una fuente o embotellada. Me da lo mismo que tenga o no regusto a cloro. Me da lo mismo que el agua sea purgante, tonificante, sedante o digestiva; que esté indicada contra la ciática o contra la esterilidad. Conozco docenas de marcas, y bebo de todas. Todas las pruebo, todas las saboreo, disfruto en mi paladar de las caricias de todas. Sé distinguir los pellizcos salinos, los apuntes de carbónico, las sensaciones picantes, los finales astringentes, los posgustos alcalinos. Bebo agua de manera compulsiva, en el trabajo, en mi casa, en los bares, en las fuentes, en las piscinas, y reconozco que he perdido el control.

Y no piensen que el agua me gusta sólo para beber. Me gusta para beber; me gusta para hacer gárgaras; me gusta para bañarme, para hacerle aguadillas a mi mujer, para nadar y para bucear, con o sin bombona de oxígeno; me gusta para despilfarrarla; me gusta para ducharme una y mil veces; me gusta para hacer aguas y que muevan molinos; me gusta para todo. ¡Qué gran error el del cantante y actor Dean Martin, que se pasó la vida soñando con bañarse en una piscina de güisqui!

Ahora que soy un potómano comprendo por qué el agua será la causa de las próximas guerras y comprendo que haya gente capaz de rajar a su madre por un sorbo de agua. Yo no he llegado aún a eso, pero no duermo pensando en que casi toda el agua es salada y que la mayoría está oculta o congelada en los Polos. Estoy meditando seriamente la posibilidad de trasladarme, no sé si a Belascoain, a Lanjarón o a Mondariz.

Hoy las estrellas de cine, las grandes musas de la canción, las top models se fotografían sólo con una botella de agua, y yo, a partir de ahora no me voy a fotografiar ni en mi despacho, delante del ordenador, ni con mi último libro en las manos; a partir de ahora sólo me voy a fotografiar con un botijo.

Mosquito

Mosquito

El mosquito llega con el verano, con sus tres milímetros asquerosos, con su antena traidora, con su aguijón. Nos chupa la sangre, el sueño, la tranquilidad. Nos transmite enfermedades. Nos indigna, nos pone en pie de guerra, nos desmoraliza.

En cuanto me acuesto y apago las luces, escucho un inconfundible "zzzsssssssss", el zumbido que todas las noches me pone alerta. En ese mismo instante comprendo que para mí se acabó la tranquilidad; esa noche no podré soñar ni con Kim Basinger, ni con Jennifer López, ni con la vecinita de unas casas más allá. En ese mismo instante que oigo el zumbido, "zzzsssssssss", comprendo que el mosquito me desafía, que está en pie de guerra y me exige eso, guerra, mucha guerra. Sé que no me queda otro remedio que entablar una larga y cruenta batalla, y que da igual cómo la libre porque la perderé.

Decido, no obstante, vender cara mi derrota y morir matando. Matando al mosquito, claro. Sacaré todos los frascos de insecticida que guardo en los armarios y los enchufaré raudo y veloz; sacaré los mosquiteros de las mesillas y los pondré en funcionamiento; desenterraré la paleta de guerra y saldré a rastrear la casa como si fuera un indio arapajó. Antes de abandonar mis aposentos y mientras me santiguo, escucho la exigencia de mi mujer: "Pero contra la pared, no". Me da igual lo que ella predique; estoy fuera de mis casillas, preso de una fiebre enloquecedora, y sólo sé que doy por bien empleada la pequeña fortuna que he invertido en la defensa mía y de los míos, que echo en falta un bazuca y que sueño con ver a ese asqueroso mosquito con las tripas reventadas contra la pared o contra lo que sea, aunque esto provoque una pelotera conyugal que haga historia.

Un cuarto de hora después regreso a la cama, indefectiblemente derrotado y destruido. Apago de nuevo las luces, y en cuanto lo hago, escucho otra vez el zumbido: "zzzsssssssss". Entonces dudo, una noche más, entre prender fuego a la casa o hacerme el haraquiri. Sé que el día siguiente resultará largo, con tantos edemas y tantos picores, y que cuando llegue la próxima noche, tendré que elegir entre un soplo de brisa que venga por la ventana o el mosquito. Da igual lo que elija: me levantaré con mil picotazos nuevos, con mucho más escozor y hecho otra vez un eccehomo.

Si dejo la ventana abierta por la noche, el mosquito entra. Y si la dejo cerrada, el mosquito aguarda dentro, agazapado qué sé yo dónde, con su antena vibrando. El mosquito sabe esconderse y camuflarse; el mosquito sabe que tu mujer no quiere un baño de sangre; el mosquito no abandonará su guarida hasta que tú estés a sus expensas. Llega todas las noches de verano con sed de sangre. No hay enemigo más pequeño; no hay enemigo más correoso, más desmoralizador y más cabrón.

Woody Allen

Woody Allen

A Woody Allen me lo imagino siempre en una rueda de prensa. Allí está, sentado detrás de un micrófono frente a un montón de periodistas, con sus gafas de pasta negra y sus pantalones de pana. Responde a las preguntas de forma contradictoria, con un gesto de confusión.

Mister Allen, mister Allen. ¿Qué piensa usted del amor? "El amor..., bueno, no sé, es complicado. El amor está muy bien, pero las relaciones amorosas son difíciles para todo el mundo, aunque algunos mienten y dicen que no. Casi todo el sufrimiento de la juventud es por culpa del amor; en cualquier caso, los problemas amorosos no dependen de la edad, la raza o la condición social. Amar es sufrir; no amar también es sufrir. No sé; es complicado, ya le digo."

Mister Allen, mister Allen. ¿Qué piensa usted de la cocina francesa? "Sí, la cocina francesa es parte de su cultura, está claro. Yo la adoro. Pero tengo un problema, y es que comen ranas. Y caracoles. No sé, a mí me encanta todo lo francés, y especialmente su cocina, pero sería incapaz de comer esas cosas. Aunque si ustedes son felices comiendo esas cosas, pues bueno, a mí, qué quiere que le diga, a mí me parece maravilloso."

Mister Allen, mister Allen. ¿Qué piensa usted de Dios? "Bueno, es difícil. A mí Dios me cae muy bien; es bueno que esté allá arriba preocupándose de que encontremos el camino y de todo lo demás. Pero la verdad es que yo nunca he creído en él. Puede que exista, no lo sé, compréndame, pero aunque exista, ha hecho tan mal las cosas que no entiendo cómo la gente no se une para presentar una demanda conjunta. Esto es un poco lo que yo creo."

En las ruedas de prensa, y sobre todo, en sus películas, Woody Allen ha creado el Woody Allen dubitativo y contradictorio que todos conocemos: Un hombrecito judío, hipocondriaco, intelectual, derrotista, que no está a gusto en este mundo, que no para de hablar, que no sabe muy bien cómo afrontar sus problemas. Al que le preocupa el sexo y Dios, que tiene miedo a la muerte y lleva décadas visitando a su psicoanalista. Que no bebe, ni fuma, ni se droga; que adora Manhattan y Nueva York; que si se estropea un enchufe no sabe arreglarlo. A propósito de su personaje, Woody Allen comentó una vez: "La imagen que tiene de mí la gente es tan extraña que si me sorprendieran en la cama con una docena de adolescentes o Dios sabe qué otra cosa, creo que no tendría ningún problema. Creo que me toman por un tipo notoriamente perverso".

Quizá porque nunca termina de hablar, nadie ha aportado tantas citas a los almanaques. A mí me gusta mucho ésta: "No puedes dominar la vida; no se pliega a tus deseos. Sólo puedes dominar el arte. El arte y la masturbación, dos campos en los que soy un verdadero experto". Por dominar el arte de hacer películas y buscar el camino entre una maraña de pensamientos y emociones contradictorios, le han dado el Príncipe de Asturias.

Kennedy enmarañado

Kennedy enmarañado

Divulgaban los periódicos hace unas fechas que la familia de John Fitzgerald Kennedy ha permitido el acceso al historial médico del inmolado presidente, y que un mar de análisis, radiografías, diagnósticos, recetas, prospectos y dolencias de Kennedy han salido a la luz. Leyendo esa noticia, daba la impresión de que John Fitzgerald Kennedy se pasó la vida aparentando ser el político robusto que nunca fue.

Quizá algo de esto nos pase a todos, en mayor o menor medida. Ya de críos, los chicos más formales se hacen los traviesos, y luego, muchos años después, vemos que la gente más golfa hace lo indecible para lavar su reputación. El escritor de best sellers quiere escribir libros serios, y el escritor serio quiere escribir best sellers. Muchos actores dramáticos se empeñan en interpretar comedias, y muchos cómicos quieren ser actores dramáticos. La Ingrid Bergman de los últimos tiempos mostraba orgullosa sus arrugas, y Robert Redford intentó escapar de su imagen exhibiendo un rostro ajado. John Fitzgerald Kennedy, por su parte, siempre apareció como un político repleto de vigor y energía, pletórico en las ruedas de prensa, pletórico en los despachos, pletórico en la cama.

“No preguntes qué pueden hacer las mujeres por ti, sino qué puedes hacer tú por las mujeres”, esta parecía ser la máxima que guiaba su vida. Y nos contaron que durante su época universitaria tuvo problemas por llevar chicas a su habitación. Nos contaron que se rumoreaba durante sus años en el Congreso que hacía el amor sin dejar de mirar el reloj. Más tarde, cuando ocupaba la Casa Blanca, se le relacionó con no pocas actrices de Hollywood, y nos contaron que tenía dos secretarias, apodadas Fiddle y Faddle por los agentes del Servicio Secreto, cuyo contrato laboral les exigía permanecer las veinticuatro horas del día al servicio personal del presidente. Y también nos contaron que una vez Jackie encontró unas bragas en el interior de la funda de un almohadón y que le preguntó a su marido: “¡¿Quieres hacer un recorrido por ahí, a ver de quién son?!”.

Ahora su familia nos muestra a un Kennedy enfermo, sometido a un sinnúmero de atenciones, cuidados y tratamientos, presa de una infinidad de dolencias y enfermedades crónicas..., y nos preguntamos: ¿Se pasó la vida Kennedy aparentando ser el político robusto que no era? ¿Todo lo que nos filtraron entonces era mentira, simple propaganda destinada a ocultar la realidad de un presidente enfermo, o es que sus médicos hicieron un trabajo extraordinario? ¿No será que nos intentan engañar ahora con nuevas mentiras? Como dijo Walter Scott: “En ocasiones, cuando queremos engañar, ¡qué enmarañada tela urdimos...!”.

¿Necesitamos a Torrente?

¿Necesitamos a Torrente?

Nunca escribo basándome en opiniones ajenas, y para contestar a la pregunta “¿Necesitamos a Torrente?” considero que debo ver la película. Subo las escaleras de los multicines y ojeo la sala donde proyectan El mercader de Venecia, una gran película basada en una obra del mejor guionista de la historia, William Shakespeare; con el mejor actor vivo del mundo, Al Pacino; realizada por un experto en adaptaciones y un director de la talla de Michael Radford. La sala está prácticamente vacía. Entró en la sala de enfrente, donde pasan Torrente 3, y la encuentro a rebosar.

Unos minutos después conozco al guarro, al xenófobo, al imbécil, al cabrón. Lo veo con sus lamparones, con sus gafas de sol, con su asquerosa papada sin afeitar y su bigotillo fascista. Lo veo saltando a la comba en calzoncillos. Lo veo enculando a una cabra y a una drogadicta que duerme en un sofá. Oigo las sonoras ventosidades que lanza. Me trago estoicamente la película entera.

Abandono la sala hecho polvo y cabizbajo, rezando para que nadie se fije en mí. Comprendería que algún espectador arrancase de cuajo la puerta del ascensor y se tirara por el hueco. Sin embargo, y en honor a la verdad, esto no sucede.

Gano la calle y por fin vuelvo a respirar aire puro. Ahora sí puedo contestar a la pregunta “¿Necesitamos a Torrente?”. Y lo cierto es que no, que no necesitamos a Torrente absolutamente para nada. Necesitamos buenos directores, necesitamos buenos guionistas, necesitamos buenos actores, necesitamos buenos profesionales y buenas películas. Y es más, los tenemos. Tenemos a José Luis Garci, tenemos a Alejandro Amenábar, tenemos a Montxo Armendáriz, y cito sólo tres ejemplos; tenemos guionistas y actores importantes, tenemos buenos profesionales... y tenemos también a Torrente.

Este imbécil es un caso palmario y singular de ordinariez y mal gusto. Este imbécil llena de zafiedad y chabacanería nuestras pantallas. Este imbécil hunde más en el fango a nuestra sociedad. Sus películas, subvencionadas por el Ministerio de Cultura, son una bazofia, y a mi juicio, una burla para un espectador con un coeficiente mental que no sea muy inferior al normal. Este país, con el repetido éxito de Torrente, es una vergüenza y un hazmerreír.

Y el problema de todo esto no es de Santiago Segura, sino de los espectadores que disfrutan con este bodrio indignante, vomitivo y aburridísimo, que pagan por verlo y además lo recomiendan. Santiago Segura es un tío que está en su derecho de hacerse de oro, aunque sea de esta forma tan poco ética. Habrá un Torrente 4 y juro que yo nunca veré esa mierda.